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Color de Guerra
Me siento traspasado
por el dolor enjaulado de la sangre
lentísimo mi ser transita
entorpecido entre las sombras
porque viendo los colores naturales
creía en la luz humana respondiendo
a una mínima raíz de vida
quizá revuelta en una brisa
quizá amparada en la aventura
quizá un pedazo de aire en la herida,
mas no la entiendo envuelta en negrura.
Qué hacer sí la mayoría
desdeña el sufrimiento ajeno
qué hacer sí el candil de la verdad
pasea vagabundo
sin alumbrar conciencia alguna.
Una tarde caída en el Levante
oculto del vasto amanecer de las auroras
estuve revisando repertorios
y vestido en mangas de camisa
escribí estos versos detrás de la pantalla
en el reino de los escritorios y las plumas
las fotos prohibidas y las máscaras;
los escribí en tanto mis ojos brillaban
con palabras invisibles, destinos virtuales
uvas verdes en las parras
racimos, cisuras de tierras arrasadas
afilados cuchillos en los dientes
punzantes grietas, úlceras cortadas
las torturas del Hombre en la fatiga
con hondos pesares en sus pasos;
los escribí tomando aliento
sopesando la sed inmoderada
la ceguera del poder extraviado,
ambulante en la danza de los remolinos
en la inhiesta ambición perversa
del obsesivo apogeo trastornado.
Viva palpitó la tierra en su dolor
y sus ojos sombreados tuvieron
la frescura azul de la ilusión.
Sobre el dorado resplandor
de los trigales maduros
cantábamos salmos al Señor,
pues no faltaba el pan sobre la mesa
el aroma a masa, vainilla y algarrobo.
Hoy, el corazón de la herida grita
alborota con anárquicos colores
de infierno oculto en la espesura
de ruinas esparcidas
y encarnados recorridos
por donde va la pólvora corriendo
la ceniza, escoria y humo.
Alborotan mortales torbellinos
anónimas carnes de cañón
edificios ennegrecidos
semblantes del horror
mirando, sonando aquí en la tierra.
Matarán la prole de Adán sin preguntarle
matarán al hombre y su turbante
a los sabios, a los ricos, a los pobres
a los castillos y sus plazas
al sacerdote y su dogma
al periodista y su cámara
al caballo y su montura
al camello y su tristeza
a la hierba y su alimento
a la torre y su campana
a la garrafa y su vino
a la bandurria y su música.
Matarán con la sonrisa puesta
el orden devoto y su rutina
el extraño palpitar de los creyentes
y colocaran en su reemplazo
al hombre tradicional derivado
su hábitat occidental civilizado.
Distantes arriba esperaron
¡hurras! ¡vivas! victoreo
el aplauso a los libertadores
la alegría sumisa de la celebración.
Envueltos de tecnología inteligente
de armas de destrucción masiva
ocuparon la tierra de los otros
¡Ah soberbias aves de rapiña!
esperabais desde el cielo
carne fresca, carne fresca,
a cien por uno, sí, a cien por uno
cuenta el balance de la guerra
asimismo, el de la bolsa de valores.
En petróleo meto uno y saco dos
anuncia la campana en New York
temprano, todos los días.
Morir sin rastro, sólo un instante
tris tras, sólo un instante
de flores devoradas en el mapa
de ráfagas hiriendo los oídos
de colores marchitos arreglados
aunque la primavera revele su sabor;
y el susurro cristalino de la vida
sonría purificado en la otra orilla.
Semblante de lágrima profusa
mutilado aire enrarecido
la agonía de muerte nos separa
de la fuente rodeada de jardines
de la noche sencilla y el calor de la mujer;
de la mano estamos en la feria del uranio
en la Guernica del fósforo blanqueado
del éter que come los huesos
las vísceras, la vida.
Y ante hombres transformados en ovillos
mordiéndose las manos, los dedos, las uñas
de norte a sur, de oriente a occidente
los tercos ruiseñores de mañana
anuncian la ausencia sentida
de Papas más cristianos
cardenales más creyentes
obispos más devotos
sacerdotes ciertamente piadosos.
Desde un pañuelo abierto en el espacio
las alas de un ángel se dibujan
como níveas copas de existencia
de voces del mensaje celestial.
No llamemos al infierno por su nombre
ni a los ejes del mal que lo explican,
pues en propia casa habitan los demonios
alegrando negros querubines de ambición.
Del imán todas las fuerzas sutiles de la muerte
cuando la verdad vuela pasajera
en las tardes planetarias del declive
en los ocasos de la vida, en las caídas del sol,
allí donde se ondula el aire en las alturas
al compás de alas taciturnas
y mirada de halcones en bandada
soplos de tranquilidad
agitación preventiva azuzada
de días tristes que se vienen
quebrando la paz entre los hombres
corrompiendo sus espíritus
lanzados a la guerra.
Se estremece el mundo cómo no
tiembla la estatua en New York
la antorcha sobre el río liberado
a mano extrema del cable enterado.
Libremos el agua congelada en las espigas
las voces enfurecidas de la esponja
la púrpura tutuma del cerezo
el polvo de los pututos callados
la semilla de Jesús en Galilea
o del mismo Alá bien sea.
¡Caramba! ¡Caramba! ¡Caramba!
ni los lobos hambrientos son tan malos
ni el zorro tan astuto en los corrales;
la sangre sazón a pueblo es la que gusta
el grito mudo de la angustia
los labios secos y violados
la invasión de los soldados,
el mandato de los jueces sustentado
por monedas de la guerra,
viejo Whitman a ti no te llamaron
a mirar banderas y tonalidades
charcos rojos humaredas
intereses escondidos, utilidades.
Reportero de mochila descuidada
tu inmensa carrera mordió el polvo
caíste con los brazos abiertos en la tierra
con espesa saliva en la garganta
y sólo viste gris, amarillo, azul
fuego escarlata
negro transparente
cielo enmohecido
humo desgarrado latente,
densos colores de vientre palpitante;
luz delgada de límpidos cristales destrozados
torres de marfil en la desgracia
colmillos, garras, sangre quemada
sólo desolación macabra
exclamaciones y gritos de pipiolos
madres rotas
imperios sonrientes.
De: Color de Guerra (Poemario),Edit. Paradise Books
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